III

Una mujer y un hombre pueden, por ejemplo,
entrar en un hotel (ese templo escondido
que de ser invocado se aparece)
y amarse a plena luz del día.
Pero una mujer y un hombre deben antes
entrar a un cine, aunque jamás se enteren
de lo que pasa en la pantalla
y él mire la pelusa de durazno de su mejilla
y ella le oprima el muslo cuando sienta miedo.
O una mujer y un hombre pueden
salir a caminar y que la mano de él parezca
prolongación de la cintura de ella
y que entonces sea mayor la cadencia
del caminar de la mujer,
pues a eso sólo se parece
un barco bogando en altamar
en el umbral de la primavera.
O pagar el café ya frío cuando los ojos
y las manos han dicho sí mil veces.
Y ya sin tocarse, hacerse o decirse nada,
una mujer y un hombre pueden, finalmente,
entrar en un hotel y darse el cuerpo,
dejar abierta la ventana para que pasen
la brisa caliente de los parques,
el rumor de los que salen del cine,
las campanas golpeando contra las tazas,
la débil voz que va diciendo “así”.
Vicente Quirarte
(Ciudad de México 1954)
Poeta, narrador, ensayista, traductor y crítico literario.
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